La Revista de Arte Abrí, nosotros, buscamos Arte para la Unidad Humana. Caprichosamente. Podríamos buscar Arte provocador, arte de colección, para la repisa o el living, para el bolsillo de la dama, arte para sentirnos menos miserables, para refregarle por la cara a la guacha que me dijo que no iba a llegar a nada, para demostrar que soy un sex-simbol… Podríamos buscar el arte que entretiene para descansar del cansancio que me provoca no tener y desear, o el que te quiebra al medio o el de golpe bajo. Pero no.
El capricho surge de creer y dejarse guiar por la intuición de que es posible la comprensión de la realidad bajo parámetros no conocidos; con la convicción trascendente que el arte nos hace ver que tiene la vida, que la vida tiene sentido. Marco contenedor, de límites no precisables más que por una sensación: la de la unidad que provoca en su creación, en su representación, en su presencia. Y de la necesidad de reflejar lo humano más sublime que tengo para contagiarlo, para compartirlo.
Y la certeza de la unidad en el cuerpo a la que lleva (podríamos decir “en el alma”), se acceda de la manera que se acceda, es indiscutible.
Podemos debatir acerca de las maneras, las formas, los medios… Los detalles.
Podemos debatir acerca de las trabas y topes que un creador le pone a la propia unidad y a la de su obra; desde el registro de los propios topes y traiciones y no desde la memoria del esteta o del erudito.
Podemos debatir conceptos y teorías, paradigmas y tendencias, desde esa última y primera mirada, la de la unidad.
Cuando el objetivo supremo del artista es esa unidad, que no comprende al artista solito, sino que obligatoriamente incluye al medio, y a quienes formamos parte de él, todo es aleatorio. Cuando ese objetivo prima, cambia la forma de acceder al otro, de defender lo que se supone un valor fuera de duda. Cambia el mundo.
La Revista de Arte Abrí busca Arte para la unidad Humana. ¿Caprichosamente?