Otro ciclo se cumple.
Cerraremos los balances de este año que se termina así, abruptamente, porque sí, ese día al que le pusieron arbitrariamente “31 de diciembre”, donde se acaba algo que no sabemos bien qué es después de habernos atiborrado de frutos secos y comilonas propios de la época invernal, de armar un arbolito con desconocido significado y bienvenir a un papá noel con la presión por el piso de tanto gorro y abrigo y barba.
Ajeno a este final de calendario, el verano seguirá a todo trapo derritiendo todo a su paso, sin dar muchas posibilidades más que huir al reposo, (para los que pueden, como siempre), o sufrir de las tantas maneras que el sistema nos presenta.
Brindaremos por un año mejor, seguramente, con el deseo certero y honesto de no cometer los mismos errores o padecer los mismos sufrimientos, (que vendría a ser lo mismo), pero, amigo, me temo que como el año anterior, y el otro, no habremos aprendido lo suficiente para cuando la ocasión se presente. El deseo de un mundo mejor sigue en pie para todos aquellos de corazón sensible, pero hay mucho camino por delante aún para llegar a una sociedad un poco más humanizada.
Para todos aquellos que desean un poco más de conciencia y decisión en sus procesos vitales y en los de los demás, nuestro deseo de corazón que estemos dispuestos a aprender lo necesario, lo que nos toque este verano. Para que cuando el año finalmente comience, concluido el proceso natural, el sol más bajo, las hojas amarillas, estemos dotados de un poquito más de libertad creadora.